PRESENTACIONES HYGGE: Espíritu Vikingo

Pocas series me han llegado a gustar tanto como Vikingos, creada por Michael Hirst para el canal de televisión The History Channel.  La serie está basada en los relatos de Ragnar Lodbrok, reconocido como uno de los primeros reyes de Suecia y Dinamarca, durante el siglo VIII, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo sobre sus orígenes.

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La cuestión es que estos vikingos eran de armas tomar. Innovadores, prácticos, eficaces y de espíritu noble. Mucho más modernos que cualquiera de los pueblos de la época, los vikingos invadieron el este de Inglaterra cerca del año 900 d.C., y fundaron su propio reino medieval, «el Danelaw» gracias a un ejército tanto de hombres como de mujeres. Mujeres que eran realmente importantes en la sociedad. Gracias a un reciente estudio arqueológico de ADN se ha conocido que las mujeres vikingas podrían haber igualado en número a los hombres en los combates. Los personajes de la serie reflejan muy bien ese espíritu. Son fuertes, seguros y prácticos y ni ellas ni ellos conocen el miedo; pero lo que más me gusta es que disfrutan del momento por completo: cuando luchan, luchan a muerte y son los más crueles y despiadados, cuando navegan forman parte del paisaje y se mezclan con el viento y cuando se sientan en el fuego en sus casas de madera a disfrutar de sus hijos rubios, parecen los más tranquilos y pacíficos. Así de sencillo. Vienen de la guerra llenos de sangre y abrazan a sus cachorros con una ternura inusitada. Como leones. Viven el momento, sin darle más vueltas.

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La hospitalidad (gestrisni) era un deber sagrado en un medio de inviernos helados, incluso con los enemigos. Sus incursiones salvajes se han perdido pero esa hospitalidad y esa necesidad de hacer “sentir bien” a los demás y de disfrutar de momentos únicos sigue formando parte de su cultura. Es el espíritu Hygge, algo así como “lo acogedor” o “lo bueno para el alma”. Y yo estoy enganchada a ese concepto desde que lo leí por primera vez. Intento llenarme de momentos Hygge.

Aunque el hygge tiene más que ver con disfrutar que con los actos y las cosas en concreto, hay elementos que ayudan. Las velas, que dan calor y luz en países donde domina la oscuridad y el frío y hay pocas horas de sol al día. La ropa cómoda, quedarse en la cama el domingo bajo el edredón más rato de lo habitual, con un buen libro y un café. O acurrucarse en un sofá bajo una manta con una taza de té o chocolate caliente para ver una película. En definitiva, cualquier cosa que te haga sentir sobre todo cómodo, relajado, feliz y apreciado se puede considerar hygge.  Es pura armonía.

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La idea me ha hecho mucho que pensar siempre porque es exactamente ese espíritu el que considero que debe tener una buena presentación; así que he decidido trasladar el rollo vikingo a las presentaciones y aquí os incluyo los SIETE puntos clave para una presentación hygge:

  1. Presencia: control corporal, los pies en la tierra, la respiración controlada y la mirada en las personas que tienes delante. Mi cuerpo muestra cómo me siento y si controlo la respiración, controlo el sistema parasimpático y estará relajado. Nunca rígido pero siempre erguido. Como un vikingo.
  2. Ambiente: desde el segundo uno genera un ambiente cálido y distendido. Busca hacerlo a tu manera, pero haz que los que han ido a verte se sientan cómodos y a gusto.  A veces, una simple frase como: “Estoy feliz de estar aquí hoy porque tengo muchas ganas de contar esta propuesta” pueden generar una reacción mucho más positiva de lo que creemos. La sinceridad y la espontaneidad funcionan.
  3. Momento: puede ser cualquiera si lo haces agradable e interesante pero si se alarga, dejará de ser las dos cosas. Máximo 25 minutos. Ideal: 15
  4. Conexión: construye relaciones e historias en común: cuenta una anécdota, una pequeña historia que ilustre la idea. Nos gustan las historias, nos igualan y nos hacen sentir cómodos. Atendemos más, estamos más conectados y recordamos más la idea que queremos transmitir.
  5. Comodidad: no les obligues a leer tu presentación. Hazlo fácil. Muy poco texto, mucha imagen. Si tienes que mostrar números pregúntate si no es mejor llevarlo en papel. Una buena presentación no está cargada jamás, por mucho que te empeñes y por muy técnico que sea tu sector. Da los datos después y enseña lo mínimo durante tu intervención. Evita lo superfluo. No te quedes atrás.
  6. Armonía: sé como tú eres. No fuerces. No trates de mostrar alguien que no está ahí. Si eres una persona seria, transmite con tu seriedad y si eres alegre, con alegría. Sólo sé tú mismo y disfruta de ti mismo. Naturalidad. Los vikingos no buscaban gustar, disfrutaban de ser ellos mismos. Eso es hygge.
  7. Placer: las cosas que nos gustan de verdad, las hacemos con deleite y disfrutando. Si tomamos una cucharada de ese helado que nos encanta, lo hacemos despacio, si acariciamos a nuestro bebé, lo hacemos con calma y un buen beso de amor se da “despacito”. La aceleración es uhyggelig , el antónimo de este término y todo lo que no invita a estar cómodo. Cuando presentamos, tendemos a acelerarnos y eso es lo menos hygge que existe. El hecho de tener poco tiempo no implica decir las cosas más deprisa, implica decir MENOS cosas pero con la misma calma. Pausas y palabras bien pronunciadas. No hay prisa, estamos disfrutando del momento. Eso sí debes controlarlo. Déjales con ganas de seguir charlando contigo.

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Yo procuro cumplirlas y funciona y debo decir que, en algunas ocasiones, hay grupos en los que se crea una atmósfera completamente hygge donde surgen anécdotas personales, ejercicios con conclusiones mucho más interesantes y curiosamente, contactos posteriores que se mantienen en el tiempo. No falla, hacernos sentir bien deja huella siempre.

Qué grandes estos vikingos…

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Para valientes con miedo

Hace unos días, Nacho, un alumno al que considero bastante brillante, me trajo un artículo interesante acerca de la polémica que se ha suscitado sobre la estatua de ‘La niña sin miedo’ que el Ayuntamiento de Nueva York colocó el pasado 8 de marzo frente al icónico Charging bull (toro embistiendo) de Wall Street y me enganchó el asunto.

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Apareció el pasado 7 de marzo, la víspera del Día Internacional de la Mujer. Por primera vez desde su instalación en 1989, alguien le plantó cara al icónico ‘El toro de Wall Street’, y lo hacía una “mocosa” con los brazos en jarras, la cabeza bien alta y la posición desafiante. ‘La niña sin miedo’, valentía y fragilidad frente a la testosterona pura. Lo interesante ha sido la reacción tan desorbitada que ha suscitado una escultura que apenas roza el metro de alto frente al descomunal   astado de bronces de 3,5 toneladas.

Todo el mundo habla de la niña, del poder de las mujeres, de su desafío, del valor frente a la jerarquía machista y hasta Arturo Di Modica, el autor del famoso animal, ha emprendido una batalla legal porque  acusa a la ciudad de Nueva York de “violar sus derechos legales” . Él y su abogado, Norman Siegel, alegaron que la estatua de la niña, infringe sus derechos de expresión artística al modificar “la dinámica creativa” del toro y desviar la atención. ¿Tan pequeñita?, ¿Tan poca cosa y desvía la atención de todo un morlaco de más de tres toneladas?

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Parece mentira pero sí. Y mucho. Su postura, su desafío en la colocación de la cabeza, sus bracitos en jarra y sus dos piernas bien abiertas anclándola a la tierra la convierten en una reina frente al animal y a él en un súbdito frente a ella. Así es la vida y así es la comunicación.

Ya expliqué la investigación, llevada a cabo por Dana Carney de la Universidad Columbia de NY y Amy Cuddy, de la Escuela de Negocios de Harvard  que demostró que adoptar posiciones corporales de poder frente a posiciones de debilidad, puede producir cambios neuroendocrinos y de comportamiento en los participantes del estudio de ambos sexos. Si consigo erguirme y abarcar mi espacio alrededor de mí mismo, aumento mi nivel de testosterona, esto me da fuerza, valentía, menos aversión al riesgo y disminuye mi nivel de cortisol, la hormona de estrés.

Di Modica tiene razón. La niña ha destrozado su obra, le ha quitado toda la fuerza y se ha cargado su esencia. Sin ninguna duda; y todos nosotros, cuando modificamos nuestra postura, modificamos nuestra propia energía y la de la persona que tenemos enfrente.

No hace falta ser grande para ser valiente, ni siquiera fuerte, ni especial, ni siquiera dejar de tener miedo. Solo hacerlo. Atreverse. Así de sencillo.

TERRITORIOS HUMANOS I

¿Alguna vez os habéis preguntado cómo deberíais colocaros en la mesa si vais a negociar algo importante?, ¿O si condiciona en algo cómo va a salir la reunión la colocación de las personas que hay en ella? No parece que esto les preocupe al grupo de representantes de Ciudadanos y PSOE que se sentaron a “conciliar” posiciones.  ¿Por qué? Su colocación en dos bando bien diferenciados lo dice todo…

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El antropólogo estadounidense Edward Hall  fue el primero en identificar el concepto de proxémica (o proxemia) y el primero en ahondar sobre el estudio del espacio personal y social y la percepción que el hombre tiene de él. Un tipo listo este Hall porque es cierto, la colocación, la distancia y la posición relativa de las personas nos condiciona.

Según Hall el territorio es una prolongación del organismo marcada por distintas señales que el hombre utiliza; pero, a la vez, hemos creado prolongaciones materiales de nuestro propio territorio, así como señales visibles e invisibles para determinar el espacio personal. Por ejemplo, la configuración espacial de elementos que pueden cambiarse de sitio dentro de un entorno (las sillas, las mesas, etc.) y cómo esto influye en el comportamiento humano. Hall, en su obra, expone un ejemplo que demuestra la relación entre comportamiento y espacio utilizando la investigación del médico Humphrey Osmond, Director del Centro de Salud e investigación en Saskatchewan, Canadá. La sala modelo de geriatría del hospital era nueva y espaciosa pero, cuanto más estaban allí los pacientes, menos hablaban entre ellos y más aislados se sentían.

A esto se le llama espacio sociófugo, es decir, que tiende a mantener apartadas entre sí a las personas (por ejemplo, las áreas de espera en la estación de tren), en contraposición al espacio sociópeto (que tiende a reunir a las personas).  Y lo que se demostró es que es más complicado llegar a una conexión mental en un espacio sociófugo que en uno sociópeto.

Osmond encargó a un joven y perceptivo psicólogo llamado Robert Sommer para que estudiara la cuestión. En más de cincuenta sesiones de observación en la cafetería del mismo hospital, Sommer contó el número de conversaciones que ocurrían en las mesas rectangulares de la misma, según las ubicaciones de los individuos. Las conversaciones en un rincón de la mesa eran el doble de frecuentes que las que se daban entre dos personas sentadas de un mismo lateral, y a su vez, éstas eran tres veces más frecuentes que las que ocurrían entre personas sentadas en lados opuestos a lo ancho de la mesa. En lados opuestos, a lo largo, no se observó ni una sola conversación. Realizando cambios en la ubicación y el tipo de mobiliario en la sala de geriatría femenina, Sommer y Osmond lograron duplicar el número de conversaciones de las pacientes en la sala.

 

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  • Las conversaciones de F-A (en ángulo), eran el doble de frecuentes que las de tipo C-B(al lado) que, a su vez, eran tres veces más frecuentes que las del tipo C-D (enfrente).

 

  • Es decir, las interacciones en las que las personas estaban en ángulo recto, producían SEIS VECES más conversaciones que las situaciones cara a cara y el doble que la ubicación lateral de una persona junto a otra.

 

Por favor, la próxima vez que verdaderamente queráis llegar a una entendimiento,  a una negociación inteligente, en la que todos ceden en algo y ganan algo, cuidad la ubicación, no será una cuestión determinante, pero sí una cuestión influyente en el proceso comunicativo y en la conexión mental. No siempre podemos controlar dónde nos sentamos o dónde se sienta el interlocutor, pero, en el caso de que no sea la mejor colocación, compensadlo con otros recursos (aprenderse rápido los nombres, reflejar la postura del otro desde el principio, sonreír con más facilidad).

Tal vez, en otras ocasiones, os interese mantener la distancia y será entonces una buena oportunidad para colocaros enfrente, como en esta película ,Erin Brockovich, en la que vemos cómo  se equilibran las fuerzas de ambos bandos pidiendo a gente de la oficina que asista a la reunión ( aunque no están involucrados en el tema) y colocándose enfrente. Pura proxemia.

 

Gracias y nos leemos la semana que viene.

 

 

EL SONIDO DEL SILENCIO

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Hablo de silencio porque así he estado yo durante los últimos seis meses en este blog. Callada. Lamento este lapsus pero retomo hoy de nuevo mi trabajo de humilde bloguera y pido perdón por mi ausencia que, aunque incomprensible, era justificada.

Interesante esto del silencio…crea matices importantes en los mensajes, puede hacer dudar o tranquilizar; puede zanjar una conversación o darte pie para que tú la llenes, puede crispar hasta lo indecible o apaciguar los ánimos…lo que es del todo cierto es que nunca te deja indiferente. Los silencios se escuchan, marcan el ritmo, la cadencia y la personalidad del que habla.

Para mí es uno de los códigos no verbales más importantes y más difícil de manejar que existen. En clase pocas veces consigo que un alumno se mantenga callado, controlando el silencio frente a la clase cuando se lo pido. No he encontrado todavía en estos años a ni una sola persona que consiga ponerse frente a los demás, en silencio y aguantar el tipo. Se les acelera el corazón y agitan el pecho, mueven la pierna, sonríen de forma tensa…tantas señales de que no lo soportan. Siempre estamos rodeados de ruido y nunca o casi nunca de silencio. Nos pasamos la vida llenando los huecos con una especie de miedo, de “horror vacui” a que deje de sonar nuestra voz. Pero ya no estamos en el Barroco.

En la música, el uso del silencio es esencial; un descanso en una sucesión de sonidos es agradable, y un momento de silencio tras un acorde de tensión convierte la melodía en extraordinaria.

Yo considero con toda franqueza que una persona que quiera ser bueno comunicando debe aprender a manejar los silencios mucho antes que las palabras. Es muy habitual que nos aceleremos al hablar y que no dejemos pausas en el discurso. Cuando está ahí, plantado frente a los demás tu cerebro te taladra: “corre, corre, acaba, sal de este infierno” y eso hace que nos aceleremos para acabar cuanto antes. En otras ocasiones, como en una entrevista de trabajo, la necesidad de demostrar nuestra rapidez mental hace que contestemos a veces rápido; sin embargo, dejar un silencio antes de contestar puede ser una muy buena señal que revela el autocontrol de la persona y su capacidad de análisis.

Los buenos comunicadores manejan el silencio, no muestran aceleración, no tienen prisa por acabar, es como si disfrutaran de cada palabra que emiten. El silencio genera expectación cuando cuentas una historia, da empaque a un discurso y te da el control en una negociación.

Siempre digo en clase que los mejores comunicadores no son los que hablan mejor sino los que callan más. Aquellos que hacen buenas preguntas y callan, observan y escuchan al otro. Suele ocurrir que, cuando alguien está frente a un silencioso, el otro cae en una trampa egocéntrica que le arrastra a hablar y hablar sin parar entrando en el mencionado “horror vacui” y dando información a raudales sobre sí mismo. Ya sabes lo que dice el dicho: uno es esclavo de sus palabras…

En una negociación, por muy ínfima que sea, suele perder el que rompe el silencio, porque lo que habitualmente muestra es que tiene más que perder y menos fuerza. En una amistad verdadera, los silencios nunca son incómodos sino que se hacen amenos…se comparten no solo confidencias sino sensaciones y en una conversación cualquiera, solo dejar una pausa antes de contestar algo hace que el otro dude, se enfoque más en ti y busque matices en lo que dices.

Manejar el silencio suele suponer manejar la situación.

Mark Twain decía que la palabra precisa es efectiva, pero ninguna palabra jamás ha sido tan efectiva como un silencio preciso. Muchos siglos antes, Leonardo Da Vinci ya había sentenciado que nada refuerza tanto la autoridad como el silencio. Cuánta razón tenían los dos.

Os dejo con un ejemplo cinéfilo magnífico (una no cambia sus aficiones) de manejo de silencio en una negociación que es de la película Jobs. Observad quién es el que menos habla y quién es el que maneja la situación más de los dos negociadores. Es a partir del minuto 2.05.

La segunda escena es de la película Infiltrados y es el momento clave de la película en que conectan por teléfono los dos protagonistas. El silencio es el protagonista indiscutible de este momento y cualquiera de los dos que lo rompa será el perdedor. Justo como suele ocurrir en la vida real.

 

 

El ego a través del cuerpo

Según Turchet, hacia los seis meses de edad, el bebé comienza a cambiar su torso de hipotónico a más hipertónico, el niño toma conciencia del centro de su cuerpo, del equilibrio en el espacio y comienza a sujertarse por sí mismo, a desarrollar la conciencia de ser una persona.  El torso (tronco), en sinergología, representa el ego. Cuando decimos “yo” lo que señalamos de nuestro cuerpo es el torso, no señalamos la cabeza u otra parte del cuerpo como el brazo izquierdo. El torso representa realmente el YO, el centro, el ser, el ego.

Ronaldo señalándose el tronco tras meter un gol, un gesto que ha repetido en varias ocasiones.

Ya he mencionado en un post anterior la importancia de la expresión de autoridad, fuerza y poder que eminentemente es caracterizada por una elevación y alargamiento del torso. Hemos visto como este simple movimiento genera una neuroquímica en el cuerpo que propicia, a su vez, un sentimiento auténtico de poder (aumento del nivel de testosterona) También he explicado que los humanos interpretamos la confianza del otro por el espacio que alguien ocupa y cómo expertos en conducta explican que la “expansión” corporal (y especialmente del tronco), genera una impresión de poder, autoridad e influencia en los demás. Por tanto, parto de la base de que la elevación del tronco y el acto de erguir el mismo proyectan, en la mayoría de los casos, una imagen de control y poder que ayuda a la influencia y a la eficacia comunicativa.

Es importante recordar que el tronco está unido irremediablemente al eje de los hombros; los seres que son más rígidos en su actitud comunicativa, no mueven o mueven muy poco el eje de los hombros, mientras que las personas emocionales se mueven más. Según Turchet, cuando los hombres y las mujeres se comunican en una situación de seducción fuerte, utilizan los hombros (especialmente el izquierdo) y lo acompañan con una ligera inclinación de cabeza también a la izquierda.

“Este movimiento traduce una gran empatía emocional. Un módulo del hemisferio cerebral derecho activa la zona corporal del hombro izquierdo y éste remonta ligeramente y muy deprisa; correlativamente, la cabeza suele inclinarse un poco a la izquierda”[1]

Es interesante observar como hay personas cuya estatua muestra un torso excesivamente hacia fuera y eso corresponde, generalmente, un ego desmedido que suele corresponder con su patrón de conducta habitual (son poco receptivos a las necesidades del otro, no escuchan por lo general y anteponen sus propios deseos y necesidades); por contra, otras muchas personas tienen lo que se denomina “tronco en parábola” (hacia dentro) que muestra tendencia a ser receptivos y buenos en la escucha.

En general, la neuroquímica que tiene lugar con el cambio de posición y de la estatua (al adquirir posiciones de poder que implican, en todos los casos, erguir el torso) al propiciar una elevación de testosterona, suelen hacerse en diferentes situaciones. Es curioso observar como muchos hombres, cuando se saludan o se colocan cerca, tienden a erguirse y elevar el mentón de forma inconsciente para demostrar fuerza y autoridad. Recordad que el cuerpo no engaña nunca.

Podemos observarlo en esta escena de la película “In good Company” donde los dos personajes se conocen por primera vez y se establece una competición de poder que puede observarse en su comunicación no verbal, especialmente en cómo muestra uno de ellos el torso y cómo elevan el mentón.

Espero que os guste!

[1] TURCHET, P.: El lenguaje de la seducción, Barcelona, 2010, p.125

Pies, para qué os quiero!

La colocación de las piernas, y por tanto los pies, no se debe interpretar a la ligera, simplemente mirando la postura de la persona respecto a otro, sino que es más importante ver el cambio en la postura ante un determinado acontecimiento: persona que aparece, contexto oral, etc.

En términos generales el cruce de piernas hay que analizarlo con relación a la persona con la que se está comunicando y a si la persona muestra la parte “dura” (exterior) de la pierna, que tiene un significado de cierre o rechazo, o si muestra la parte “blanda” (interior) de la misma (por ejemplo interior del muslo), lo que es síntoma de apertura o de aceptación[1]

Según Turchet[2], la parte inferior del cuerpo expresa las necesidades instintivas del sujeto. Por ejemplo en la seducción, la persuasión y el intento de acercamiento también es interesante observar que esta zona inferior es donde las diferencias entre ambos sexos son más visibles. La principal causa de ello es la diferencia entre la morfología masculina y femenina que propicia que algunas zonas del cuerpo de la mujer sean más flexibles que las zonas equivalentes en los hombres lo cual se traduce en los movimientos de las piernas efectuados por ambos. El ejemplo más llamativo de ello está en la zona de los maléolos (tobillos). La mujer tiene tendencia a abrir el maléolo interno cuando está en situación de apertura física, de necesidad de acercamiento y el del hombre lo hace menos porque no tiene integrada mentalmente esa posición; sin embargo, el hombre muestra su apertura separando ligeramente las piernas, sin avanzar el maléolo como hace la mujer. Por supuesto, estos gestos son inconscientes y envían señales subliminales de apertura al interlocutor que es lo que me interesa destacar aquí.

Lo mismo ocurre con la posición de los pies: si la mayor fuerza de la pisada está en el interior del pie (pronación) significa que la persona está abierta a sí misma no al otro, mientras que si la mayor fuerza de la pisada está en el exterior (supinación) la persona muestra tendencia a dejarse llevar por el otro. De hecho, las personas que abren sus maléolos internos, en general muestran que están escuchando, que están atentos a su interlocutor. Los maléolos abiertos muestran flexibilidad y falta de rigidez. Si observamos la zona de los hombros cuando los maléolos están abiertos, veremos que estos están más relajados y los trapecios también, que el cuerpo se redondea y se hace más profundo para recibir la información.

Pronación y supinación1

La posición de los pies no relativa a la fuerza o al peso que posamos sobre ellos también nos da  información de la persona.

2Cierre

3Apertura

La combinación de algunas de estas posiciones indica mucho sobre la persona y lo más interesante que ya hemos mencionado, es percibida subliminalmente por el otro. Por ejemplo, una posición de cierre más supinación (que indica la apertura hacia el otro), puede mostrar a individuos inseguros y necesitados de aprobación

4 Cierre + supinación: falta de seguridad, protección

5Apertura completa. Muestran parte interior piernas con apertura total. No hay defensa. Putin muestra los maléolos internos. Intención clara de acercamiento.

6Apertura (se muestra mutuamente parte interna y hay proyección del cuerpo en la apertura)

7Apertura de Obama, cierre de Hollande

8 Apertura de Xi Jinping cierre de Obama (parte externa de la pierna)

9Doble cierre de Oprah (brazo derecho y pierna que cruza muestran parte externa).

10 Apertura total de Obama (parte interna de muslos y maléolos expuestos, pies en supinación). Cierre del entrevistador frente a él (protección).

En general, podemos concluir de estos parámetros (brazos y piernas) que todas aquellas posiciones que impliquen mostrar la parte interna del cuerpo al posicionarse o al interactuar, están expresando una intención de apertura y clara interacción. Si bien la muestra de la cara externa (brazos, codos, muslos) tiende a ser un cierre con respecto al otro, será imprescindible controlar otros parámetros que acompañen ese gesto para poder concluir si existe cierre. No os dejéis engañar, se trata de una lectura en conjunto, no puede valorarse sólo un dato no verbal y, en ocasiones, son gestos aprendidos y sociales que no nos aportan más información sobre la persona.

[1] TURCHET, P.: El lenguaje del cuerpo, Barcelona, 2010,  pp.290-291

[2] TURCHET, P.: El lenguaje de la seducción, Barcelona, 2010,  pp.159-171

Lo que nos dicen los brazos

Según Turchet, el interés de los brazos (y de las manos) es que permiten realizar un acercamiento afectivo. En su obra “El lenguaje de la seducción” pone el ejemplo de Freud y su gestualidad: cuando el psicoanalista estaba en público mantenía siempre una de las dos manos o las dos, ocultas tras la espalda. Eso le hace inmediatamente más inaccesible a los demás y que mantenga una gran distancia respecto a lo que ocurre[1]. Los brazos son los vínculos con los otros, con ellos se abraza, se acoge y se expresa afecto o rechazo.

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Lo interesante de esto es que no podemos perder de vista las posiciones que el brazo adopta. El interior y el exterior del brazo expresan una forma de relacionarse completamente diferente, de abrirse o cerrarse al otro.

La zona del brazo que se muestra (interior o exterior) es fundamental para valorar lo que comunica la persona. Según Turchet, entre la palma y el dorso de la mano existe la misma diferencia que la cara y el dorso del ser humano. La parte interna del brazo (incluyendo la parte interna de las muñecas) es la cara más dulce, más “blanda”, la que expresa el deseo de acercamiento y de unión con el otro, de apertura. Por el contrario, el exterior del brazo (incluyendo el dorso de la mano) significa la protección, la defensa frente al otro.[2] Los codos y las muñecas son las articulaciones que nos permiten la flexibilización del cuerpo y el movimiento de los huesos. En la cara exterior del codo se proyectan las resistencias. Los codos y las muñecas muestran la cara externa cuando rechazan algo.

Turchet nos habla del concepto de bucles de retroacción principales que hace referencia a los cruces de brazos y piernas. En el caso de los brazos, el análisis o lectura de estos cruces no implica cierre necesariamente, y es una mirada hacia uno mismo. Si el cruce de brazos viene acompañado de otros ítems, sí se puede interpretar como señal de cierre o estrés[3]. El cruzamiento de brazos es un gesto aprendido. Tiene significación con la sumisión a la autoridad. Expresa cierta reserva o cierre, pero las posiciones de las manos, matizan esa creencia e incluso pueden anularla. Es necesario agudizar la observación. El hecho de estar encerrado en uno mismo, es evidente que tiene su repercusión en la captación de la información; eso es lo que nos explica Goman[4] que señala que hay estudios que confirman que al mantener los brazos cruzados cuando se está escuchando se retiene menos información y se aprende menos y Pease[5] detalla una investigación que se realizó en EEUU sobre el gesto de cruzarse de brazos. Se solicitó a un grupo de participantes que asistieran a una serie de conferencias y que durante las mismas, mantuvieran los brazos, las piernas y la postura general relajados y que no cruzaran ambos en ningún momento. Posteriormente, se pidió a un segundo grupo que asistiera y que durante las charlas cruzaran los brazos sobre el pecho.

Los resultados mostraron que el segundo grupo había retenido y aprendido un 38% menos que el grupo primero. Además, este segundo grupo también tenía una opinión más crítica sobre las conferencias y los conferenciantes. El mismo experimento se desarrolló en 1989 con mil quinientos delegados durante seis conferencias y obtuvo prácticamente los mismos resultados.

Cuando queremos liberarnos de la rigidez mental que en ocasiones sentimos, el cerebro lanza a las articulaciones mensajes en los que les ordena que faciliten al cuerpo la flexibilidad necesaria para que la relación fluya. Los codos y las muñecas son las dos articulaciones que expresan la flexibilidad (sin esas articulaciones el cuerpo sería totalmente rígido) y la energía (necesaria para transmitir a partir de la muñeca o del codo, los movimientos del brazo y de la mano). Por ejemplo, sin nuestros codos, sería imposible abrazar a otro o acercarse afectivamente a alguien. Cuando buscamos protegernos, los codos se apartan del tronco y formamos una burbuja entre nosotros y los demás, la muñecas están en posición de pronación y nos recluimos en nosotros mismos; por el contrario, cuando nos abrimos a los demás nuestros codos y nuestras muñecas se abren (supinación) hacia el otro[6]. Según Turchet, esto no es una cuestión morfológica sino Psicofisiológica: nuestro cuerpo adopta las posiciones que se corresponden con lo que sentimos psicológicamente.

Para los especialistas en desarrollo evolutivo infantil, la apertura de las muñecas , es realmente el signo de apertura a los demás y al mundo. La relación entre la palabra y el gesto pasa por las muñecas; al abrir las muñecas al exterior, mostramos una apertura mental. Cuando una persona abre sus muñecas, toda la parte superior del cuerpo se abre también y avanza hacia la otra persona. De forma que encontramos dos posiciones en la muñeca:

Supinación (muestra la palma): apertura a los demás, disposición a acoger la comunicación del interlocutor; también sumisión o pasividad.

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Supinación

Pronación: (muestra el dorso de la mano): mayor apertura a uno mismo y sus propios recursos que al otro, control, dominio.

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Pronación.

En general, existen grandes diferencias entre las personas y más allá, entre las mujeres y los hombres. Las mujeres parecen más abiertas que los hombres porque, entre otros aspectos mueven las muñecas de una forma más pronunciada que los hombres. De hecho, si pedimos a muchos hombres que adopten las posiciones de muñecas de muchas mujeres, nos parecerán, en la mayoría de los casos, afeminados. Desde un punto de vista cultural, se educa al hombre para que no deje entrever sus emociones, estos “cierres afectivos” acaban por dejar huella en el cuerpo. Es fundamental destacar aquí las aportaciones de Wilhem Reich y de su discípulo principal, Alexander Lowen, acerca de los análisis sobre lo que denominan el “caparazón corporal”. Lowen afirma que el cuerpo es la memorización y expresión de las experiencias vitales de las personas

Toda expresión física del cuerpo tiene un significado, desde el apretón de manos, hasta la mirada. Cuando estas expresiones han quedado fijadas y son habituales, podemos leer en ellas la historia de una experiencia pasada. Si la interacción con el medio fue difícil, los patrones básicos corporales de movimiento y expresión serán menos espontáneos y libres, y, por lo tanto, menos satisfactorios.

Por ejemplo, si un niño suprime el sentimiento de rabia para que no se lo noten, apretará la mandíbula y cerrará la boca y la garganta por dentro (tensionándola), o retirara la energía de otras partes de su cuerpo (cerrándolas) o tensará ciertos grupos de músculos (castigándose, somatizando). Si esta experiencia se repite crónicamente su actitud quedará impresa en su cuerpo[7].

No obstante y aunque hayamos planteado posiciones claramente de apertura, debemos recordar siempre que hay matices distintos en el cruce de brazos que nos indican si existe o no cierre de verdad, porque, como ya hemos dicho, no todos los cruces de brazos implican un cierre y, en ocasiones, implica una postura aprendida socialmente. Lo fundamental que se debe tener en cuenta es que el cruce de brazos se muestra la biología interna de la persona, en qué estado se encuentra; mientras que en el cruce de piernas se muestra la relación con la persona con la que se interactúa.

Según Turchet, con el cruce de brazos el ser humano expresa tres disposiciones de espíritu o estados: estrés, bienestar o fuerza.

En el cruce de brazos para precisar que existe un cierre de la persona hay que prestar atención a la situación general de la mano y a la colocación (altura) de los brazos:

Posición de la mano

  • Si están escondidas: implica cierre
  • Si están cerradas: cierre y estrés
  • Si existe supinación superior: cierre

Posición de los brazos

  • Si los brazos cruzados están muy altos en el tronco: cierre

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Cruce de brazos normal. Manos abiertas, no hay supinación. Puede no indicar cierre (comodidad)

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Manos abiertas y mostradas (afirmación-seguridad)

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Manos escondidas (cierre)

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Puño cerrado: cierre + estrés

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Brazos altos: cierre

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Mostrar pulgar: liderazgo, el rol del jefe

En cambio, si el cruce de brazos muestra relajación muscular, la posición de los brazos es baja, las manos se muestran y no hay supinación, no implica un cierre frente al otro, sino que puede ser una posición social.

Es importante comprender que la parte superior del cuerpo transmite mensajes distintos a los de la parte inferior del cuerpo. Las piernas son mucho más “libres” que nuestro torso y nuestros brazos. Turchet propone un experimento que consiste en cruzar las piernas en ambos sentidos, algo que puede hacerse sin dificultad; sin embargo, cuando cruzamos los brazos en ambos sentidos, debemos pensar en ello porque siempre los cruzamos en el mismo. El primero implica la lógica sistémica, a los movimiento en relación al otro y el segundo a la lógica analítica, en relación a uno mismo. Según Pease[8], cuanto más lejos del cerebro se encuentra una parte del cuerpo, menos conscientes somos de lo que esta hace.

Casi todos nosotros somos conscientes de las expresiones faciales del otro y propias, de los movimientos de las manos, etc.; pero, a medida que vamos descendiendo, vamos perdiendo consciencia. Casi no nos damos cuenta de que tenemos pies.

Las piernas son más libres que los brazos y dependen esencialmente de la posición de nuestro interlocutor en el espacio, de si deseamos acercarnos o alejarnos de este. Es decir, en el caso de las piernas, la razón principal de estos cambios no es nuestra biología interna sino la otra persona, aunque nuestros hemisferios derecho e izquierdo son los que dan las órdenes que permiten los cambios de posición.[9]

Para comprender el motivo por el que el movimiento de nuestras piernas es más libre y desligado que el de los brazos, Turchet indica que debemos remontarnos a nuestros dos primeros años de vida. A esa edad, la toma de conciencia de la existencia de nuestras piernas se realiza después de que seamos conscientes de nuestro tronco (ego) y de los brazos (vínculos afectivos). Los estudios del desarrollo evolutivo del niño demuestran que entre los doce y los dieciocho meses, junto a otros aprendizajes cognitivos y psicoafectivos, hemos estructurado nuestro ego sin tener en cuenta a nuestras piernas porque no tenemos conciencia de que las tenemos.

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Bebé chupándose el pie. A esa edad, todavía no es consciente de que se trata de una parte de su cuerpo.

Esta toma de conciencia tardía de la existencia de los miembros inferiores tiene incidencia en la psique que se traduce en que los movimientos específicos de las piernas son más pulsionales, menos afectivos, menos emotivos que los de la parte superior del cuerpo. La parte inferior del cuerpo es el otro y en general, nuestros cruces de piernas están motivados por el acercamiento o el alejamiento.

En el próximo post nos acercaremos un poco más a esta parte del cuerpo.

[1] TURCHET, P.: El lenguaje de la seducción, Barcelona, 2010, p.132

[2] TURCHET, P.: El lenguaje del cuerpo, Bilbao, 2011, pp.237-249

[3] PEASE, A.: La comunicación no verbal. El lenguaje del cuerpo, Barcelona, 2006, p.19

[4] GOMAN, C.K.: Sin palabras, Madrid, 2008, p.127

[5] PEASE A., PEASE B.: El lenguaje del cuerpo, Barcelona, 2006, pp.106-107

[6] TURCHET, P.: El lenguaje de la seducción, Barcelona, 2010, pp.146-147

[7] LOWEN,A.: El lenguaje del cuerpo. Dinámica física de la estructura del carácter, Nueva York, 1985

[8] PEASE A., PEASE B.: El lenguaje del cuerpo, Barcelona, 2006, pp.227-228

[9] TURCHET, P.: El lenguaje de la seducción, Barcelona, 2010, p.161