Pisa con Garbo

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Esta frase, extracto del famoso pasodoble español “El Relicario”, además de haber sido el fondo musical de la campaña electoral de Eisenhower en 1952 (vaya tela), es la protagonista de este post porque supone para mí un concepto fundamental en comunicación y difícil de comprender en mi experiencia.

Garbo, gracia, donaire, gallardía, gracejo, empaque, donosura o sandunga, son palabras precisas (y preciosas) para definir un concepto intangible pero que siempre impacta: la armonía del movimiento, la ligereza, la comodidad de sentirse bien en el propio cuerpo y con el propio atuendo y que proporciona una seguridad que llega de inmediato al que observa.

La palabra  sprezzatura lo define muy bien. El término, acuñado por Baldassare Castiglione, escritor italiano de finales del XV, describía cómo se comportaban los cortesanos de verdad: “(…) practicar en todas las cosas una cierta sprezzatura o despreocupación, para ocultar todo arte y hacer que todo lo que se hace o se dice sea sin esfuerzo y casi sin pensarlo”. Esa especie de indolencia en la actitud que implica que la persona no está pendiente de sí mismo y que tan solo disfruta del momento y la situación es francamente difícil de aprender, pero no imposible.

La sprezzatura en comunicación tiene que ver con la estatua y la estatua tiene que ver con el movimiento.  Ya hablé en un post del movimiento o velocidad de reacción emocional, intrínsecamente relacionado con el temperamento (genético). Wundt lo describió muy bien y yo creo al cien por cien como él en que el mundo se divide en rápidos suaves, rápidos fuertes, lentos suaves y lentos fuertes. Solo es cuestión de observar. El movimiento marca a las personas y les hace actuar de una u otra forma.

Sin embargo, resulta bastante sorprendente contemplar que la mayoría de las personas (sean rápidos o lentos), cuando hablamos ante los demás tendemos a movernos repetitivamente, o tensamos las articulaciones (por ejemplo, levantamos el pie del suelo y lo apoyamos en el talón forzando la postura general). El movimiento descontrolado muestra la debilidad de la mente.

La gracia del asunto es que suele coincidir bastante con el nivel de nerviosismo que tenga la persona que habla y éste, con dónde pone el foco esa persona: los que se enfocan en sí mismos y están pendientes de hacerlo bien, de gustar, de no equivocarse, se mueven más y así, “ensucian” la estatua; los que se enfocan en escuchar a los demás, en lo que tienen que decir para que sirva al otro, sin darse importancia o sin pensar que son el centro de atención, suelen liberarse de la tensión y el cuerpo acompaña lo que dicen y hacen de forma armónica (rápido o despacio, pero siempre natural). No somos tan importantes para el otro, el otro no está enfocado en nosotros sino en sí mismo. La clave está en esforzarte por ser interesante con lo que cuentas, no en ser perfecto para los que hablas. Es toda una filosofía.

La gracia o el donaire se perciben en cada movimiento de la persona: en la forma de andar, de sentarse, en la mirada y hasta en la forma en la que se quita la chaqueta.  Es una mezcla de indolencia, comodidad y naturalidad muy características que llegan al otro con una facilidad pasmosa. Tu instinto te dice que esa persona está cómoda y segura, que es fuerte interiormente. No hay duda.

Hay algunos trucos que ayudan. El sastre italiano Luciano Barbera, que tiene una elegancia incuestionable (que no tiene por qué implicar sprezzatura, aunque suele coincidir), explica que la ropa debe ser para usarse y ponerse no para mostrarse, y que un traje tiene que ser armonioso. Esa es la clave: la armonía. En comunicación también. La persona tiene que estar en armonía consigo mismo y la presentación, y el discurso o el mensaje que lance deben ser para “usarse” no para mostrarse.

Luciano Barbera

Esta escena de la película American Gangster en la que el protagonista sentencia que “el más llamativo de la sala es siempre el más débil”, incide muy bien en esta filosofía que para mí es una gran verdad. Si buscas destacar tú, estás perdido.

American Gansgster – El más llamativo de la sala

Es importante dejar que el cuerpo fluya, sentirse cómodo con el que te ha tocado o al menos, trabajar para sentirse cómodo en él. Todo un reto. Lo que he observado con las personas que trabajo es que una parte fundamental de este proceso es la respiración. Una respiración profunda y diafragmática activa todo el sistema parasimpático y hace que no se dispare la tensión y se descontrolen los pensamientos y acto seguido, el cuerpo. Las personas con una buena base respiratoria, suelen tener mucha más naturalidad en el movimiento, en la cadencia de cada ademán y en su impronta.

La elegancia, la armonía y el brío de los movimientos de una persona y una desenvoltura especial en la forma de actuar o de moverse es algo que se comunica de forma subliminal y aporta toda la seguridad necesaria. Sin forzar nada.

Aquí incluyo algunos ejemplos de personas que pisan o han pisado con garbo. Garbosos famosos que, con su forma de moverse y de comportarse, ya atraen.

 

Gianni Agnelli, dueño de FIAT.

John John Kennedy

Meryl Streep

Y aquí, dos videos clarísimos de lo que es TENER o NO TENER sprezzatura. Sin decir una sola palabra, es interesante observar lo que transmiten estas dos personas. Sin comentarios; os dejo que juzguéis por vosotros mismos.

Obama forgets to salute

Albert Rivera – sprezzatura

Trileros

 

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Kevin Norwood Bacon es uno de mis actores fetiche. Me gusta cómo sonríe ladeando la boca hacia la izquierda, cómo menea el cuerpo cuando camina y cómo mira. Siempre pienso que sería difícil aguantarle la mirada a este tipo. Es uno de los mejores “malos de película” que ha dado el cine americano; su interpretación de Sean Nokes en la película “Sleepers” es un ejemplo claro de ello. Ha rodado más de 65 películas, ha dirigido unas cuantas, ha ganado premios del Sindicato de Actores, tres Globos de Oro y ha sido elegido por “The Guardian” como uno de los mejores actores que no ha sido nominado a los Óscar. Su filmografía es tan apabullante que en 2012 unos estudiantes acuñaron “el Número Kevin Bacon” o “Número de Bacon”. Es el número de actores o actrices que separan a cualquiera de ellos con Kevin Bacon. Si escribes en Google el nombre de cualquier actor seguido del “número de Bacon”, Google te da la cantidad de películas que separa a ese actor de Kevin Bacon. Es un hombre de éxito, no hay duda; sin embargo, en una entrevista que concedió a El País este agosto pasado declaró que tenía miedo. Un miedo irracional a que descubrieran que era un fraude, un impostor.

Uno tiende a pensar que nadie que haya llegado tan alto podría tener dudas acerca de su propia valía pero son precisamente las personas que llegan más arriba y tienen más éxito las que padecen el tormento de estos pensamientos que dilapidan la alegría del triunfo.

Esto es un fenómeno psicológico que tiene un nombre desde que en 1978  las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes lo comenzaron a estudiar: el Síndrome del Impostor o Fenómeno del Fraude. Es la sensación de no ser lo suficientemente bueno y no estar a la altura de algún trabajo, la idea de que, en algún momento, alguien va a descubrir tus debilidades y te va a dejar en evidencia. Los que lo padecen, tienen la sensación de no estar nunca a la altura; de no ser lo suficientemente rigurosos, competentes o capaces; de ser impostores. Asumen que su éxito es cuestión de suerte y nunca lo achacan a su inteligencia o talento sino a factores externos o al hecho de que han trabajado muy duro para lograrlo.

Estoy asesorando ahora a una directiva de una entidad  financiera  que, desde mi punto de vista es brillante, competente, implicada y con una capacidad de influir sobresaliente pero, los primeros cinco minutos que estuve con ella la primera vez, identifiqué que tenía el síndrome. No acepta que le digas que lo hace bien, siempre habla de lo buenos que son los demás y tiene dudas constantes sobre el resultado de sus intervenciones, aunque son más que buenas.

Lo identifiqué en cinco minutos porque yo lo he padecido. Me pasó por primera vez cuando el primer año que daba clase en el IE recibí el premio a la mejor profesora de los programas Master. Oí mi nombre mientras todos mis alumnos me aplaudían y gritaban y recogí aquél león de bronce mientras pensaba: “¿Cómo es posible?, ¿será un error?, ¿se habrán equivocado?, no puede ser verdad, verás cuando se den cuenta de que yo no me lo merezco” Llegué a pensar que lo harían con todos los profesores que empezaban para motivarles, ni me detuve a pensar que me votaban los alumnos. A partir de ese día, ese pensamiento me persiguió muchas veces, en alguna charla, en cursos en empresas, cuando me presentaban en algún evento y especialmente cuando defendí la Tesis Doctoral. No era suficientemente buena, no tenía todo el rigor que me habría gustado, no me merecía esa nota. Como una tahúra, una trilera o una fullera, había conseguido engañar a los cinco miembros del Tribunal.

Mis dos hermanas estuvieron en la lectura y recuerdo que mi hermana Esther escribió algunas de los comentarios que dijo el Presidente del Tribunal sobre mi trabajo. Yo no los oí. Pero cuando ella me los leyó, tampoco los creí. Sonreía y me emocionaba con ellas porque fueron seis años de un esfuerzo agotador pero, en el fondo de mi corazón, solo pensaba que les había engañado a todos. Siempre recordaré esa sensación agridulce. Al menos, era una trilera de primera

Seguí conviviendo con aquel sentimiento que me hacía sentir tan mal cada vez que recibía cualquier elogio hacia mi trabajo hasta que hace dos años, cayó en mis manos un artículo en el que una brillante investigadora describía con todo detalle mis pensamientos con la exactitud de un espejo y explicaba que aquello era un síndrome que padecían muchas personas en el mundo.

En los años 80 se analizó la prevalencia de este fenómeno y se descubrió que hasta un 70% de licenciados de prestigiosas escuelas de negocios lo presentaban cuando se les preguntaba por formación y trabajo y, objetivamente, pocos había mejor preparados que ellos. Igualmente, se ha estudiado que prevalece más entre aquellos que han llegado más alto y más lejos en sus carreras y entre los que están más preparados. Hasta Albert Einstein le confesó a un amigo un mes antes de morir que la exagerada valoración hacia su trabajo le hacía sentir como un estafador involuntario.

Si alguna vez has sentido:

  • Que tu éxito ha sido por un golpe de suerte
  • Que eres un fraude, que pronto van a descubrir que no tienes capacidad
  • Que los elogios no son de verdad y es mejor rechazarlos
  • Que, si te comparas con los demás, sales perdiendo

…ya sabes qué es , estás padeciendo el S.I.

Todavía hoy, a veces, se cuelan por una rendija esos pensamientos en mi cabeza pero ya no se quedan mucho. Con el tiempo, he comprendido que se instalan ahí cuando tú empiezas a conocer el terreno que pisas, cuando empiezas a dominar tu profesión y a almacenar conocimientos y entonces, te das cuenta de una gran verdad: que, a pesar de todo lo que te has esforzado por saber, a pesar de todo el conocimiento que crees que tienes…no es nada y todavía te queda mucho por aprender.

PRESENTACIONES HYGGE: Espíritu Vikingo

Pocas series me han llegado a gustar tanto como Vikingos, creada por Michael Hirst para el canal de televisión The History Channel.  La serie está basada en los relatos de Ragnar Lodbrok, reconocido como uno de los primeros reyes de Suecia y Dinamarca, durante el siglo VIII, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo sobre sus orígenes.

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La cuestión es que estos vikingos eran de armas tomar. Innovadores, prácticos, eficaces y de espíritu noble. Mucho más modernos que cualquiera de los pueblos de la época, los vikingos invadieron el este de Inglaterra cerca del año 900 d.C., y fundaron su propio reino medieval, «el Danelaw» gracias a un ejército tanto de hombres como de mujeres. Mujeres que eran realmente importantes en la sociedad. Gracias a un reciente estudio arqueológico de ADN se ha conocido que las mujeres vikingas podrían haber igualado en número a los hombres en los combates. Los personajes de la serie reflejan muy bien ese espíritu. Son fuertes, seguros y prácticos y ni ellas ni ellos conocen el miedo; pero lo que más me gusta es que disfrutan del momento por completo: cuando luchan, luchan a muerte y son los más crueles y despiadados, cuando navegan forman parte del paisaje y se mezclan con el viento y cuando se sientan en el fuego en sus casas de madera a disfrutar de sus hijos rubios, parecen los más tranquilos y pacíficos. Así de sencillo. Vienen de la guerra llenos de sangre y abrazan a sus cachorros con una ternura inusitada. Como leones. Viven el momento, sin darle más vueltas.

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La hospitalidad (gestrisni) era un deber sagrado en un medio de inviernos helados, incluso con los enemigos. Sus incursiones salvajes se han perdido pero esa hospitalidad y esa necesidad de hacer “sentir bien” a los demás y de disfrutar de momentos únicos sigue formando parte de su cultura. Es el espíritu Hygge, algo así como “lo acogedor” o “lo bueno para el alma”. Y yo estoy enganchada a ese concepto desde que lo leí por primera vez. Intento llenarme de momentos Hygge.

Aunque el hygge tiene más que ver con disfrutar que con los actos y las cosas en concreto, hay elementos que ayudan. Las velas, que dan calor y luz en países donde domina la oscuridad y el frío y hay pocas horas de sol al día. La ropa cómoda, quedarse en la cama el domingo bajo el edredón más rato de lo habitual, con un buen libro y un café. O acurrucarse en un sofá bajo una manta con una taza de té o chocolate caliente para ver una película. En definitiva, cualquier cosa que te haga sentir sobre todo cómodo, relajado, feliz y apreciado se puede considerar hygge.  Es pura armonía.

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La idea me ha hecho mucho que pensar siempre porque es exactamente ese espíritu el que considero que debe tener una buena presentación; así que he decidido trasladar el rollo vikingo a las presentaciones y aquí os incluyo los SIETE puntos clave para una presentación hygge:

  1. Presencia: control corporal, los pies en la tierra, la respiración controlada y la mirada en las personas que tienes delante. Mi cuerpo muestra cómo me siento y si controlo la respiración, controlo el sistema parasimpático y estará relajado. Nunca rígido pero siempre erguido. Como un vikingo.
  2. Ambiente: desde el segundo uno genera un ambiente cálido y distendido. Busca hacerlo a tu manera, pero haz que los que han ido a verte se sientan cómodos y a gusto.  A veces, una simple frase como: “Estoy feliz de estar aquí hoy porque tengo muchas ganas de contar esta propuesta” pueden generar una reacción mucho más positiva de lo que creemos. La sinceridad y la espontaneidad funcionan.
  3. Momento: puede ser cualquiera si lo haces agradable e interesante pero si se alarga, dejará de ser las dos cosas. Máximo 25 minutos. Ideal: 15
  4. Conexión: construye relaciones e historias en común: cuenta una anécdota, una pequeña historia que ilustre la idea. Nos gustan las historias, nos igualan y nos hacen sentir cómodos. Atendemos más, estamos más conectados y recordamos más la idea que queremos transmitir.
  5. Comodidad: no les obligues a leer tu presentación. Hazlo fácil. Muy poco texto, mucha imagen. Si tienes que mostrar números pregúntate si no es mejor llevarlo en papel. Una buena presentación no está cargada jamás, por mucho que te empeñes y por muy técnico que sea tu sector. Da los datos después y enseña lo mínimo durante tu intervención. Evita lo superfluo. No te quedes atrás.
  6. Armonía: sé como tú eres. No fuerces. No trates de mostrar alguien que no está ahí. Si eres una persona seria, transmite con tu seriedad y si eres alegre, con alegría. Sólo sé tú mismo y disfruta de ti mismo. Naturalidad. Los vikingos no buscaban gustar, disfrutaban de ser ellos mismos. Eso es hygge.
  7. Placer: las cosas que nos gustan de verdad, las hacemos con deleite y disfrutando. Si tomamos una cucharada de ese helado que nos encanta, lo hacemos despacio, si acariciamos a nuestro bebé, lo hacemos con calma y un buen beso de amor se da “despacito”. La aceleración es uhyggelig , el antónimo de este término y todo lo que no invita a estar cómodo. Cuando presentamos, tendemos a acelerarnos y eso es lo menos hygge que existe. El hecho de tener poco tiempo no implica decir las cosas más deprisa, implica decir MENOS cosas pero con la misma calma. Pausas y palabras bien pronunciadas. No hay prisa, estamos disfrutando del momento. Eso sí debes controlarlo. Déjales con ganas de seguir charlando contigo.

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Yo procuro cumplirlas y funciona y debo decir que, en algunas ocasiones, hay grupos en los que se crea una atmósfera completamente hygge donde surgen anécdotas personales, ejercicios con conclusiones mucho más interesantes y curiosamente, contactos posteriores que se mantienen en el tiempo. No falla, hacernos sentir bien deja huella siempre.

Qué grandes estos vikingos…

Para valientes con miedo

Hace unos días, Nacho, un alumno al que considero bastante brillante, me trajo un artículo interesante acerca de la polémica que se ha suscitado sobre la estatua de ‘La niña sin miedo’ que el Ayuntamiento de Nueva York colocó el pasado 8 de marzo frente al icónico Charging bull (toro embistiendo) de Wall Street y me enganchó el asunto.

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Apareció el pasado 7 de marzo, la víspera del Día Internacional de la Mujer. Por primera vez desde su instalación en 1989, alguien le plantó cara al icónico ‘El toro de Wall Street’, y lo hacía una “mocosa” con los brazos en jarras, la cabeza bien alta y la posición desafiante. ‘La niña sin miedo’, valentía y fragilidad frente a la testosterona pura. Lo interesante ha sido la reacción tan desorbitada que ha suscitado una escultura que apenas roza el metro de alto frente al descomunal   astado de bronces de 3,5 toneladas.

Todo el mundo habla de la niña, del poder de las mujeres, de su desafío, del valor frente a la jerarquía machista y hasta Arturo Di Modica, el autor del famoso animal, ha emprendido una batalla legal porque  acusa a la ciudad de Nueva York de “violar sus derechos legales” . Él y su abogado, Norman Siegel, alegaron que la estatua de la niña, infringe sus derechos de expresión artística al modificar “la dinámica creativa” del toro y desviar la atención. ¿Tan pequeñita?, ¿Tan poca cosa y desvía la atención de todo un morlaco de más de tres toneladas?

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Parece mentira pero sí. Y mucho. Su postura, su desafío en la colocación de la cabeza, sus bracitos en jarra y sus dos piernas bien abiertas anclándola a la tierra la convierten en una reina frente al animal y a él en un súbdito frente a ella. Así es la vida y así es la comunicación.

Ya expliqué la investigación, llevada a cabo por Dana Carney de la Universidad Columbia de NY y Amy Cuddy, de la Escuela de Negocios de Harvard  que demostró que adoptar posiciones corporales de poder frente a posiciones de debilidad, puede producir cambios neuroendocrinos y de comportamiento en los participantes del estudio de ambos sexos. Si consigo erguirme y abarcar mi espacio alrededor de mí mismo, aumento mi nivel de testosterona, esto me da fuerza, valentía, menos aversión al riesgo y disminuye mi nivel de cortisol, la hormona de estrés.

Di Modica tiene razón. La niña ha destrozado su obra, le ha quitado toda la fuerza y se ha cargado su esencia. Sin ninguna duda; y todos nosotros, cuando modificamos nuestra postura, modificamos nuestra propia energía y la de la persona que tenemos enfrente.

No hace falta ser grande para ser valiente, ni siquiera fuerte, ni especial, ni siquiera dejar de tener miedo. Solo hacerlo. Atreverse. Así de sencillo.

TERRITORIOS HUMANOS I

¿Alguna vez os habéis preguntado cómo deberíais colocaros en la mesa si vais a negociar algo importante?, ¿O si condiciona en algo cómo va a salir la reunión la colocación de las personas que hay en ella? No parece que esto les preocupe al grupo de representantes de Ciudadanos y PSOE que se sentaron a “conciliar” posiciones.  ¿Por qué? Su colocación en dos bando bien diferenciados lo dice todo…

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El antropólogo estadounidense Edward Hall  fue el primero en identificar el concepto de proxémica (o proxemia) y el primero en ahondar sobre el estudio del espacio personal y social y la percepción que el hombre tiene de él. Un tipo listo este Hall porque es cierto, la colocación, la distancia y la posición relativa de las personas nos condiciona.

Según Hall el territorio es una prolongación del organismo marcada por distintas señales que el hombre utiliza; pero, a la vez, hemos creado prolongaciones materiales de nuestro propio territorio, así como señales visibles e invisibles para determinar el espacio personal. Por ejemplo, la configuración espacial de elementos que pueden cambiarse de sitio dentro de un entorno (las sillas, las mesas, etc.) y cómo esto influye en el comportamiento humano. Hall, en su obra, expone un ejemplo que demuestra la relación entre comportamiento y espacio utilizando la investigación del médico Humphrey Osmond, Director del Centro de Salud e investigación en Saskatchewan, Canadá. La sala modelo de geriatría del hospital era nueva y espaciosa pero, cuanto más estaban allí los pacientes, menos hablaban entre ellos y más aislados se sentían.

A esto se le llama espacio sociófugo, es decir, que tiende a mantener apartadas entre sí a las personas (por ejemplo, las áreas de espera en la estación de tren), en contraposición al espacio sociópeto (que tiende a reunir a las personas).  Y lo que se demostró es que es más complicado llegar a una conexión mental en un espacio sociófugo que en uno sociópeto.

Osmond encargó a un joven y perceptivo psicólogo llamado Robert Sommer para que estudiara la cuestión. En más de cincuenta sesiones de observación en la cafetería del mismo hospital, Sommer contó el número de conversaciones que ocurrían en las mesas rectangulares de la misma, según las ubicaciones de los individuos. Las conversaciones en un rincón de la mesa eran el doble de frecuentes que las que se daban entre dos personas sentadas de un mismo lateral, y a su vez, éstas eran tres veces más frecuentes que las que ocurrían entre personas sentadas en lados opuestos a lo ancho de la mesa. En lados opuestos, a lo largo, no se observó ni una sola conversación. Realizando cambios en la ubicación y el tipo de mobiliario en la sala de geriatría femenina, Sommer y Osmond lograron duplicar el número de conversaciones de las pacientes en la sala.

 

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  • Las conversaciones de F-A (en ángulo), eran el doble de frecuentes que las de tipo C-B(al lado) que, a su vez, eran tres veces más frecuentes que las del tipo C-D (enfrente).

 

  • Es decir, las interacciones en las que las personas estaban en ángulo recto, producían SEIS VECES más conversaciones que las situaciones cara a cara y el doble que la ubicación lateral de una persona junto a otra.

 

Por favor, la próxima vez que verdaderamente queráis llegar a una entendimiento,  a una negociación inteligente, en la que todos ceden en algo y ganan algo, cuidad la ubicación, no será una cuestión determinante, pero sí una cuestión influyente en el proceso comunicativo y en la conexión mental. No siempre podemos controlar dónde nos sentamos o dónde se sienta el interlocutor, pero, en el caso de que no sea la mejor colocación, compensadlo con otros recursos (aprenderse rápido los nombres, reflejar la postura del otro desde el principio, sonreír con más facilidad).

Tal vez, en otras ocasiones, os interese mantener la distancia y será entonces una buena oportunidad para colocaros enfrente, como en esta película ,Erin Brockovich, en la que vemos cómo  se equilibran las fuerzas de ambos bandos pidiendo a gente de la oficina que asista a la reunión ( aunque no están involucrados en el tema) y colocándose enfrente. Pura proxemia.

 

Gracias y nos leemos la semana que viene.

 

 

EL SONIDO DEL SILENCIO

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Hablo de silencio porque así he estado yo durante los últimos seis meses en este blog. Callada. Lamento este lapsus pero retomo hoy de nuevo mi trabajo de humilde bloguera y pido perdón por mi ausencia que, aunque incomprensible, era justificada.

Interesante esto del silencio…crea matices importantes en los mensajes, puede hacer dudar o tranquilizar; puede zanjar una conversación o darte pie para que tú la llenes, puede crispar hasta lo indecible o apaciguar los ánimos…lo que es del todo cierto es que nunca te deja indiferente. Los silencios se escuchan, marcan el ritmo, la cadencia y la personalidad del que habla.

Para mí es uno de los códigos no verbales más importantes y más difícil de manejar que existen. En clase pocas veces consigo que un alumno se mantenga callado, controlando el silencio frente a la clase cuando se lo pido. No he encontrado todavía en estos años a ni una sola persona que consiga ponerse frente a los demás, en silencio y aguantar el tipo. Se les acelera el corazón y agitan el pecho, mueven la pierna, sonríen de forma tensa…tantas señales de que no lo soportan. Siempre estamos rodeados de ruido y nunca o casi nunca de silencio. Nos pasamos la vida llenando los huecos con una especie de miedo, de “horror vacui” a que deje de sonar nuestra voz. Pero ya no estamos en el Barroco.

En la música, el uso del silencio es esencial; un descanso en una sucesión de sonidos es agradable, y un momento de silencio tras un acorde de tensión convierte la melodía en extraordinaria.

Yo considero con toda franqueza que una persona que quiera ser bueno comunicando debe aprender a manejar los silencios mucho antes que las palabras. Es muy habitual que nos aceleremos al hablar y que no dejemos pausas en el discurso. Cuando está ahí, plantado frente a los demás tu cerebro te taladra: “corre, corre, acaba, sal de este infierno” y eso hace que nos aceleremos para acabar cuanto antes. En otras ocasiones, como en una entrevista de trabajo, la necesidad de demostrar nuestra rapidez mental hace que contestemos a veces rápido; sin embargo, dejar un silencio antes de contestar puede ser una muy buena señal que revela el autocontrol de la persona y su capacidad de análisis.

Los buenos comunicadores manejan el silencio, no muestran aceleración, no tienen prisa por acabar, es como si disfrutaran de cada palabra que emiten. El silencio genera expectación cuando cuentas una historia, da empaque a un discurso y te da el control en una negociación.

Siempre digo en clase que los mejores comunicadores no son los que hablan mejor sino los que callan más. Aquellos que hacen buenas preguntas y callan, observan y escuchan al otro. Suele ocurrir que, cuando alguien está frente a un silencioso, el otro cae en una trampa egocéntrica que le arrastra a hablar y hablar sin parar entrando en el mencionado “horror vacui” y dando información a raudales sobre sí mismo. Ya sabes lo que dice el dicho: uno es esclavo de sus palabras…

En una negociación, por muy ínfima que sea, suele perder el que rompe el silencio, porque lo que habitualmente muestra es que tiene más que perder y menos fuerza. En una amistad verdadera, los silencios nunca son incómodos sino que se hacen amenos…se comparten no solo confidencias sino sensaciones y en una conversación cualquiera, solo dejar una pausa antes de contestar algo hace que el otro dude, se enfoque más en ti y busque matices en lo que dices.

Manejar el silencio suele suponer manejar la situación.

Mark Twain decía que la palabra precisa es efectiva, pero ninguna palabra jamás ha sido tan efectiva como un silencio preciso. Muchos siglos antes, Leonardo Da Vinci ya había sentenciado que nada refuerza tanto la autoridad como el silencio. Cuánta razón tenían los dos.

Os dejo con un ejemplo cinéfilo magnífico (una no cambia sus aficiones) de manejo de silencio en una negociación que es de la película Jobs. Observad quién es el que menos habla y quién es el que maneja la situación más de los dos negociadores. Es a partir del minuto 2.05.

La segunda escena es de la película Infiltrados y es el momento clave de la película en que conectan por teléfono los dos protagonistas. El silencio es el protagonista indiscutible de este momento y cualquiera de los dos que lo rompa será el perdedor. Justo como suele ocurrir en la vida real.

 

 

El ego a través del cuerpo

Según Turchet, hacia los seis meses de edad, el bebé comienza a cambiar su torso de hipotónico a más hipertónico, el niño toma conciencia del centro de su cuerpo, del equilibrio en el espacio y comienza a sujertarse por sí mismo, a desarrollar la conciencia de ser una persona.  El torso (tronco), en sinergología, representa el ego. Cuando decimos “yo” lo que señalamos de nuestro cuerpo es el torso, no señalamos la cabeza u otra parte del cuerpo como el brazo izquierdo. El torso representa realmente el YO, el centro, el ser, el ego.

Ronaldo señalándose el tronco tras meter un gol, un gesto que ha repetido en varias ocasiones.

Ya he mencionado en un post anterior la importancia de la expresión de autoridad, fuerza y poder que eminentemente es caracterizada por una elevación y alargamiento del torso. Hemos visto como este simple movimiento genera una neuroquímica en el cuerpo que propicia, a su vez, un sentimiento auténtico de poder (aumento del nivel de testosterona) También he explicado que los humanos interpretamos la confianza del otro por el espacio que alguien ocupa y cómo expertos en conducta explican que la “expansión” corporal (y especialmente del tronco), genera una impresión de poder, autoridad e influencia en los demás. Por tanto, parto de la base de que la elevación del tronco y el acto de erguir el mismo proyectan, en la mayoría de los casos, una imagen de control y poder que ayuda a la influencia y a la eficacia comunicativa.

Es importante recordar que el tronco está unido irremediablemente al eje de los hombros; los seres que son más rígidos en su actitud comunicativa, no mueven o mueven muy poco el eje de los hombros, mientras que las personas emocionales se mueven más. Según Turchet, cuando los hombres y las mujeres se comunican en una situación de seducción fuerte, utilizan los hombros (especialmente el izquierdo) y lo acompañan con una ligera inclinación de cabeza también a la izquierda.

“Este movimiento traduce una gran empatía emocional. Un módulo del hemisferio cerebral derecho activa la zona corporal del hombro izquierdo y éste remonta ligeramente y muy deprisa; correlativamente, la cabeza suele inclinarse un poco a la izquierda”[1]

Es interesante observar como hay personas cuya estatua muestra un torso excesivamente hacia fuera y eso corresponde, generalmente, un ego desmedido que suele corresponder con su patrón de conducta habitual (son poco receptivos a las necesidades del otro, no escuchan por lo general y anteponen sus propios deseos y necesidades); por contra, otras muchas personas tienen lo que se denomina “tronco en parábola” (hacia dentro) que muestra tendencia a ser receptivos y buenos en la escucha.

En general, la neuroquímica que tiene lugar con el cambio de posición y de la estatua (al adquirir posiciones de poder que implican, en todos los casos, erguir el torso) al propiciar una elevación de testosterona, suelen hacerse en diferentes situaciones. Es curioso observar como muchos hombres, cuando se saludan o se colocan cerca, tienden a erguirse y elevar el mentón de forma inconsciente para demostrar fuerza y autoridad. Recordad que el cuerpo no engaña nunca.

Podemos observarlo en esta escena de la película “In good Company” donde los dos personajes se conocen por primera vez y se establece una competición de poder que puede observarse en su comunicación no verbal, especialmente en cómo muestra uno de ellos el torso y cómo elevan el mentón.

Espero que os guste!

[1] TURCHET, P.: El lenguaje de la seducción, Barcelona, 2010, p.125